“No concibo la libertad de un corazón ni la calma de una conciencia que no estén seguras de su perdurabilidad tras la muerte”.

Miguel de Unamuno, ‘Del sentimiento trágico de la vida’.

Las 3 edades y la muerte, del pintor Hans Baldung Grien, sintetiza los estragos del paso del tiempo. El reloj de arena que mantiene el esqueleto de la mujer da cuenta de la inexorabilidad de nuestro destino.

En el rincón superior derecha, una cruz que se dirige al Sol abre el horizonte cara la única esperanza posible. Los sueños y cobijos mentales frente al inconveniente fatal de la muerte pasaban por la religión. El día de hoy, la tecnología semeja ser ese espacio de esperanza.

Las Edades y la Muerte, Hans Baldung Grien. ©Museo Nacional del Prado
Las Edades y la Muerte, Hans Baldung Grien. ©Museo Nacional del Prado

La inmortalidad digital

A partir de dos mil treinta, el tiempo de vida va a poder extenderse hasta la eternidad por medios tecnológicos. Es lo que el vanguardista de la inteligencia artificial y directivo de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, llama peculiaridad.

La ciencia ficción nos explica este concepto: se trata de que la inteligencia artificial pueda tanto simular el comportamiento de personas como recrear el de individuos que ya no existan.

Una vez transferidos todos nuestros datos digitalizados a una computadora, sería posible que lo que somos, nuestra identidad, se deshiciese de las cadenas de la biología. Sería una trascendencia digital, por la que nuestra conciencia subsiste a nuestro cuerpo. Habitamos en la máquina. Subsistimos en ella.

Una versión embrionaria es el portal Eternime: conserva tus historias, pensamientos y recuerdos para la eternidad. E inclusive vas a poder crear un avatar de ti a fin de que cualquier persona interaccione con tus huellas digitales. ¿Quizás contigo?

Un episodio de Black Mirror, titulado Ahora vuelvo, proponía tal inmortalidad del humano en estos términos. De conformidad con los datos libres sobre una persona, el algoritmo de inteligencia artificial es capaz de crear y rememorar comportamientos predecibles.

Por medio de patrones identificados en el análisis de datos, se edifican inteligencias que superarían el Test de Turing. Y de este modo, se podrían crear aun réplicas de uno mismo.

Las huellas inmortales

En cierto modo, esta forma de trascender es asimismo la que Miguel de Unamuno atribuía a la escritura. El escritor deja su huella para la posteridad, de forma que el que lea va a estar frente a una parte de él. ¡Cuando falte, esto va a quedar como memoria de lo que fui! Otro tanto con la pintura, como la de Dalí y El caballero de la muerte.

La novedad se encuentra en que, de conformidad con lo planteado por la inmortalidad digital, lo que nos subsistirá no va a ser un testimonio estático de nosotros mismos. No va a ser una foto, una pintura o bien unas líneas manuscritas como diario.

Será nuestra conciencia reconvertida en inteligencia artificial, capaz de interaccionar y aprender sobre la marcha a amoldarse a nuevos contextos, a través de lo que se llama machine learning y deep learning.

La muerte escondida

Toda tecnología pretende ser la solución a un inconveniente. En el caso de la muerte, en la actualidad representa uno de los tabúes esenciales. Es lo innombrable. Lo que se separa de nuestra visión idílica y también idealizada de vida. Parece que vivimos en una era en la que la dicha es un deber, una obligación ética (y mercantil). La muerte tiene que descartarse de ese plan de vida ejemplar.

El historiador de la cultura Philippe Ariès supo advertir de qué forma, de una concepción familiar de la muerte, hemos pasado a la incapacidad para admitir el hecho de nuestra finitud.

“Todo sucede ahora tal y como si ni ni ni los que me son costosos fuésemos mortales. Técnicamente, aceptamos que podemos fallecer, contratamos seguros de vida para conservar a los nuestros de la miseria. Mas, realmente, en el fondo de nosotros mismos, nos sentimos no mortales”.

Philippe Ariès, ‘Historia de la muerte en Occidente’.

De una muerte que se comprende como parte inevitable de nuestra vida, rutinaria, vivida sin temor ni desesperación, recorremos a una muerte maldita, que se oculta de manera sistemática de nuestra vista por el hecho de que nos recuerda a nuestro pesar que somos seres limitados.

Sentimos pánico a la muerte, a encararla, hasta el punto de dejar en soledad a los moribundos, como nos sugería en sus últimos años de vida el sociólogo Norbert Elias.

El perfeccionamiento transhumanista y los sueños de una vida prolongada tras la muerte biológica entran de esta forma en enfrentamiento con la idea de límite. El límite nos define y distingue del resto.

¿La vida sin límites?

¿Tendría sentido que la vida no tuviera bornes? Una conciencia expandida por medios informáticos, ¿no sería más bien un simulacro ya antes que la constancia en el tiempo de nosotros mismos?

“¿Existe algún sentido de mi vida que no va a ser destruido por la ineludible muerte que me espera?”

León Tolstói, ‘Confesiones’.

De nuevo la ficción nos ayuda a entender. Jorge Luis Borges concibió un cuento titulado El inmortal, publicado en El Aleph.

En la raza de los aburridos Inmortales reconocemos que lo que se pierde, al ganar la vida eterna y sobrehumana, es el valor infinito de lo que tiene límites, de lo imperdonable que solo puede ser una vez:

“La muerte (o bien su alusión) hace bellos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay semblante que no esté por difuminarse como el semblante de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso”.

Jorge Luis Borges, ‘El inmortal’.

Nos alumbraba Mario de Andrade con su poema Mi ánima tiene prisa:

“Tenemos 2 vidas, y la segunda empieza en el momento en que te das cuenta que solo tienes una…”

¿Y si esa vida es eterna? Borges, Grien, Dalí, Unamuno, Tolstói y Andrade perduran en sus escritos y pinturas inmortales.

Antonio Fernández Vicente: Maestro de teoría de la comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha

Publicado originalmente en The Conversation.The Conversation

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