(Christopher Lee/The New York Times)
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NUEVA YORK — Acababa de comenzar mi turno en el horario del almuerzo cuando recibí una alerta en mi celular: Uber Eats, recoger en Cocina del Sur en la calle 38 Oeste en Manhattan, a cinco cuadras. «¡Magnífico!», pensé y pedaleé por la calle 40 Oeste en medio del tráfico congestionado que atraviesa la ciudad.

Segundos después mi teléfono envió otra alerta, pero con un sonido distinto. Postmates, otra aplicación de entregas: ¿recoger dos órdenes en Shake Shack en Broadway y la calle 36?

Tenía que decidir: ¿Tomar las tres órdenes de una sola vez y arriesgarme a atrasarme? ¿Quedarme con Uber Eats, con la que podía conseguir un bono de 10 dólares por hacer seis entregas antes de las 13:30, o tratar de ganar el bono de Postmates?

La información era limitada. La aplicación de Uber Eats no te dice adónde hay que llevar la entrega hasta que la recoges. No podía saber cuánto pagaría la entrega de Postmates.

El tiempo pasaba en el reloj de Postmates y tienes segundos para aceptar o rechazar un pedido. Iba abriéndome paso entre camiones tambaleantes que hacían sonar sus bocinas y peatones inmersos en sus mensajes de texto, además de cuidarme de los policías, echar un vistazo a mi teléfono que llevo en el manubrio y calcular los tiempos de entrega.

Le di «Aceptar».

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No es sino hasta que te conviertes en un repartidor que te das cuenta de que están por doquier, deslizándose estoicamente, por lo general en bicicletas eléctricas, con su preciada carga sobre la espalda, así es el silente ejército de decenas de miles de trabajadores de aplicaciones como Seamless, GrubHub, Uber Eats, Caviar, DoorDash y Postmates, que cruzan la ciudad de un lado a otro para satisfacer la insaciable necesidad de hamburguesas, pad thai y pollo tikka masala de los neoyorquinos.

El autor durante una entrega de Postmates en TriBeCa. Café derramado: casi 30 mililitros. Propina: 0 dólares. (Christopher Lee/The New York Times)
El autor durante una entrega de Postmates en TriBeCa. Café derramado: casi 30 mililitros. Propina: 0 dólares. (Christopher Lee/The New York Times)

Durante unos cuantos días de la pasada primavera estadounidense, fui uno de ellos. No fui de los buenos, pero de cualquier modo fui un repartidor. Aprendí de cerca cómo la era de la tecnología avanzada en la que todo se hace por encargo está transformando las ocupaciones menos tecnológicas, así como sus bajos salarios, creando tanto nuevas oportunidades como nuevas formas de explotación.

Los ciclistas son la manifestación callejera de una industria que ha sufrido un vuelco, a medida que los restaurantes se ven obligados a convertirse en negocios de comercio electrónico, al dejar la entrega en manos de aplicaciones externas que, a su vez, usan a trabajadores independientes para que hagan el trabajo.

Aunque puede parecer un oficio mecánico, en ocasiones es como un juego de ajedrez en la vida real con límite de tiempo que se juega en la cuadrícula traicionera de la ciudad, mientras los ciclistas hacen malabares con los pedidos de aplicaciones rivales y luchan por obtener sus bonos.

Y hay riesgos. Según una encuesta del año pasado, casi una tercera parte de los ciclistas que entregan comidas tuvieron que dejar de trabajar en ciertos periodos porque sufrieron lesiones, y al menos cuatro repartidores en bicicleta han muerto en choques con vehículos en lo que va del año. Los que andan en bicicletas eléctricas corren el riesgo de recibir multas y la incautación de su bicicleta, aunque eso podría cambiar.

Maria Figueroa, directora de investigación laboral y de políticas para el Instituto de los Trabajadores de la Universidad de Cornell en Manhattan, afirmó que los repartidores de comida son «los trabajadores más vulnerables de la fuerza laboral digital».

«La gente cree que, con la economía digital o el futuro del trabajo, todos vamos a convertirnos en unos hípsteres sentados junto a sus computadores o conduciendo autos de lujo», explicó. «No es el caso de estos trabajadores».

(Christopher Lee/The New York Times)
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Los ciclistas tienen mucho más en común con otras ocupaciones de la economía de los empleos provisionales como los conductores de Uber y Lyft que tienen una enorme carga de trabajo. Sin embargo, mientras los conductores de las aplicaciones de transporte privado presionaron al gobierno de la ciudad de Nueva York para lograr un salario mínimo de 17 dólares, la mayoría de los repartidores de comida no tienen un centavo garantizado.

Hasta las propinas pueden desaparecer: una aplicación resta la cantidad de las propinas de los clientes de la cantidad que le paga al repartidor y, en realidad, se queda con la propina.

«Todo esto es como hacer apuestas», comentó Werner Zhanay, de 23 años, quien hace entregas para Postmates y Caviar. «Tienes que quedarte en un lugar. Tienes que esperar que haya pedidos, y luego, ¿te quedas en ese lugar?», comentó el repartidor.

Entregar comida de restaurantes siempre ha sido un trabajo difícil y poco reconocido. Con las aplicaciones, se está volviendo más flexible y mejor pagado, pero en ciertos sentidos es menos estable.

Niels van Doorn, profesor adjunto de Nuevos Medios y Cultura Digital en la Universidad de Ámsterdam que en 2018 pasó seis meses en Nueva York estudiando a los ciclistas de las aplicaciones, dijo al respecto: «Es lo que ocurre con una fuerza laboral cuyas condiciones ya son precarias (lo que ocurre con una mano de obra que ya está invisibilizada) cuando estas aplicaciones hacen su aparición».

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En los albores de la era de las aplicaciones de comida, remontándonos aproximadamente a 2016, las empresas repletas de capital de especulación pagaban sueldos elevados con garantías por hora y algunos ciclistas ganaban 2000 dólares a la semana.

(Christopher Lee/The New York Times)
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«Con Postmates, el promedio era de 10 dólares por entrega», dijo Rodney Chadwick, repartidor desde 2016. «Tenían a Blitz y ellos te pagaban unos 15 dólares por trabajo, a veces 20».

A medida que se sumaban más repartidores, la oferta se encontró con la demanda y la generosidad de las aplicaciones se evaporó. Para 2017, recordó Chadwick, Postmates pagaba 4 o 5 dólares por trabajo. Los ciclistas por lo general hacen dos o tres pedidos en una hora.

Los ciclistas con los que hablé tienen un sueldo promedio por hora de 13 y 15 dólares con propina, aunque conocí a un par de «maestros jedi» que lograban ganar más de 20 dólares. Mis ganancias de novato sumaban apenas 10 dólares por hora, 5 dólares por debajo del salario mínimo en la ciudad (voy a donar ese dinero al Fondo para los Más Necesitados de The New York Times, que apoya a organizaciones no gubernamentales de servicio social en la ciudad).

Postmates afirma que sus repartidores en la ciudad de Nueva York ganan un promedio de 18,50 por hora. Sin embargo, solo cuenta el tiempo en el que un repartidor está entregando un pedido como parte de esa hora. ¿Qué hay de los largos espacios de tiempo que pasé contemplando mi teléfono en silencio, cual novio al que dejaron plantado, esperando a que sonara alguna alerta? No son parte de mi día laboral, según Postmates.

Las aplicaciones dan a conocer menús de bonos e incentivos que cambian todo el tiempo y suelen ser confusos, inspirados en la industria de los videojuegos y las máquinas tragamonedas, y están diseñados para convencer a los ciclistas de que pueden ganar tanto como quieran siempre y cuando sigan jugando. Sin embargo, con tantos ciclistas en busca de los mismos premios, suelen quedarse cortos.

Además, las aplicaciones siguen disminuyendo la paga base de tal modo que cuando un mensajero se gana un bono: «Básicamente, el bono lo pagas de tu propio bolsillo», comentó Van Doorn.

(Christopher Lee/The New York Times)
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Los repartidores que hacen entregas para las aplicaciones se diferencian mucho de los que trabajan directamente para un restaurante. Es muy probable que estos últimos —todo un ejército de decenas de miles— no tengan un estatus legal para trabajar, y aunque tienen derecho a unos 11,25 dólares por hora más propinas, a la mayoría de ellos se les paga solo una fracción de eso.

Por ello, no es de sorprenderse que tantos repartidores de aplicaciones trabajaran antes en restaurantes.

«Nunca volvería a hacer entregas directamente para restaurantes», comentó Mengba Lee, de 58 años, un inmigrante chino que gana unos 14 dólares por hora con entregas para Caviar y Postmates.

Bahadir Rozi, de 29 años, originario de Uzbekistán, usa el tiempo entre los turnos de la comida y la cena para estudiar actuación y escribir, lo cual sería imposible si todavía siguiera con los horarios de doce horas en los restaurantes. «Lo mejor de este trabajo es la libertad», dijo.

Andrew Iroham, de 49 años, trabajó en restaurantes y en la construcción durante décadas tras llegar de Nigeria. Ahora hace entregas en su bicicleta para Caviar, GrubHub, Uber Eats y Relay. «Este trabajo es como no trabajar para nadie», afirmó. «Es como tener un jefe sin tener un jefe».

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Ya sea que un repartidor trabaje para una aplicación o un restaurante, algunos riesgos laborales siguen siendo los mismos.

(Christopher Lee/The New York Times)
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«En 2016, iba en la bici para hacer una entrega de Postmates y me fracturé ambos brazos», recordó un exrepartidor de Postmates, Mike Cole. «Me enviaron una tarjeta de ‘mejórate pronto’ por correo electrónico» (algunas aplicaciones ofrecen cobertura gratuita contra accidentes).

Desde hace mucho tiempo, los ciclistas de entregas enfrentan otro peligro: el uso de las bicicletas eléctricas que ellos suelen usar y que se regulan a través de un mando estándar no está autorizado en Nueva York, y la policía ha incautado miles de ese tipo de bicicletas. Aunque han sido satanizadas —incluso por el alcalde Bill de Blasio— por ser una amenaza contra los transeúntes, este tipo de vehículos se ha visto involucrado en, máximo, un 0,3 por ciento de los accidentes en los que se lesionaron peatones el año pasado, según el análisis de un grupo de defensoría llamado Biking Public Project.

Pero el mes pasado, la legislatura estatal votó para legalizar las bicicletas. El gobernador Andrew Cuomo todavía no firma la ley, ya que dijo que necesita «más revisión y debate».

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Todo el día, mientras evade puertas de taxis o lucha contra los autobuses por un pedacito de asfalto, un repartidor piensa en el tiempo y el dinero. ¿Cuánto me tomará hacer esta entrega? ¿Cuánto me pagarán? Siempre que algo sale mal, por lo general, quien paga las consecuencias es el repartidor.

Un repartidor en el West Village me mostró las capturas de pantalla de su teléfono celular de una espera de veintitrés minutos en un restaurante por la cual Caviar le pagó 83 centavos de dólar en total. Cuando me enviaron a una tienda de helados en Times Square que resultó que estaba cerrada, Postmates me pagó 61 centavos por mi tiempo perdido, luego se arrepintió. «El pago se ha ajustado según su solicitud de cancelar la entrega», decía la nota.

En mi primer turno de DoorDash, una empresa de comidas en Brooklyn, me enteré de la interesante política de propinas que tiene.

DoorDash ofrece un mínimo garantizado por cada entrega. Para mi primer pedido, la garantía era de 6,85 dólares y la clienta, una mujer en Boerum Hill que abrió la puerta en una bata colorida, me dio tres dólares de propina mediante la aplicación, pero de todos modos recibí solo 6,85 dólares.

Les diré cómo funciona: si la mujer en la bata no me hubiera dado propina, DoorDash me habría pagado los 6,85 dólares. Como me dio 3 dólares de propina, DoorDash solo gastó 3,85 dólares. Le estaba ahorrando 3 dólares a DoorDash, no dándome propina a mí.

Una vocera de DoorDash dijo que, en encuestas recientes, los repartidores de este servicio preferían en gran medida este modelo a uno anterior que pagaba una tarifa fija por pedido (en efecto, gané más por los pedidos de DoorDash que con Uber Eats y Postmates).

(Christopher Lee/The New York Times)
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No obstante, la política ha atraído la atención de los legisladores de la ciudad. El concejal del Bronx Ritchie Torres quiere exigirles a las aplicaciones que digan a los clientes si las propinas las recibe el trabajador o la empresa. Hace poco, DoorDash comenzó a detallar esa información en su sitio web.

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Mi último día como repartidor de comida empezó en el East Side con un pedido que incluía la leyenda «Feliz cumpleaños» al lado del nombre de la destinataria. Canté «Feliz cumpleaños» mientras le presentaba su sándwich de huevo. «Ay, ¡gracias!», dijo ella, riendo (propina: cero).

Y acabó 66 kilómetros después en Brooklyn tras un intento fallido de una carrera corta con cuatro entregas donde me quitaron una orden y se la dieron a otro mensajero porque llegué tarde. «Todo bien», dijo el último cliente, lo cual quería decir que no lo estaba, mientras le entregué sus palitos de pollo tibios.

Entre uno y otro, tuve una entrega en una oficina de Clase A en Midtown.

Me enviaron a una entrada de servicio donde otro repartidor me condujo por un corredor en el que había una fila de basura hasta una jaula abarrotada donde los repartidores se apiñaban en un silencio casi sepulcral, con sus bolsos para alimentos sobre la espalda.

Me había topado con este portal distópico. Pensé en lo que un colega había dicho un día antes: «Estás un escalón arriba de un dron de Amazon». Pensé en Van Doorn quien me dijo que el verdadero valor de los repartidores para las empresas de aplicaciones se encuentra en los datos que cosechamos como polen mientras hacemos nuestras rondas, datos que, al final, les permitirán remplazarnos con máquinas.

Uno por uno, los trabajadores de la oficina se acercaron a una ventana en el muro para recoger sus comidas. Entregué el sándwich de un restaurante que estaba a kilómetros de ahí a una clienta.

«Gracias», dijo contenta. «¡Buen día!».

No me dio propina. Salí y me volví a montar en mi bicicleta.

Jeffrey E. Singer colaboró con este reportaje.

*Copyright: c.2019 New York Times News Service

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